Bioregionalismo: Introducción a los conceptos y alternativas para América Latina

Diego Martino

El “bioregionalismo” es tanto un concepto como un movimiento ciudadano. Es a la vez una nueva mirada a la relación con la tierra como otra perspectiva científica. En los países industrializados, y en especial en América del Norte, el bioregionalismo se encuentra tanto en universidades como en organizaciones ambientalistas y cuenta con una historia de al menos tres décadas.

En América Latina la perspectiva bioregional es poco conocida, y por lo tanto es útil revisar algunos de sus aspectos destacados, sus expresiones ciudadanas, y algunas de sus potencialidades en nuestra discusión sobre integración regional.

Los conocidos como padres del bioregionalismo, Ray Dasmann y Peter Berg, en sus primeros artículos lo definen como un concepto geográfico y de la conciencia, destacando que las condiciones naturales dentro de una bioregión son similares y que éstas han influido las formas de ocupación humana. El urbanista y regionalista Don Alexander, sostiene que el bioregionalismo surge en buena medida como una mirada híbrida que proviene de una fusión de la biogeografía basada en regiones ecológicas (en especial las provincias biogeográficas), con las preocupaciones de los ambientalistas por la conservación y reducción de los impactos ambientales, y con ciertas formas contraculturales propias de Estados Unidos (ver por ejemplo su opinión en Alexander, 1996). Donald McTaggart, geógrafo de la Arizona State University, lo define como un “movimiento militante basado en principios ecológicos” (1993). En la misma línea, Michael McGinnis en su libro “Bioregionalism”, lo concibe como “un caudal de conocimientos que han evolucionado para sostener un proceso de transformación social a dos niveles: como estrategia de conservación y de sustentabilidad; y como movimiento político que llama a que se reintegre el poder a bioregiones definidas ecológica y culturalmente” (McGinnis, 1999).

Los enfoques del bioregionalismo

Alexander distingue entre tres enfoques bioregionales: la conciencia personal, el determinismo geográfico, y el enfoque posibilista. En el primero, el enfoque de la conciencia personal, el énfasis se pone en el sentimiento individual de arraigo al lugar y la importancia de reorientarse personalmente hacia una vida más ecológicamente consciente y amigable. Se basa en la hipótesis de que una reconexión con el entorno natural lleva a una mayor conscientización ambiental que se refleja en un mayor cuidado de la naturaleza. Este enfoque además se libera de los enormes problemas que el movimiento bioregional tiene al momento de definir espacialmente las bioregiones (Hipwell 2002). Sus integrantes están preocupados por la calidad ambiental, rechazan por ejemplo la agricultura moderna mecanizada y defienden la agroecología.

Los razonamientos vinculados a la influencia de las condiciones naturales en las formas de ocupación humana han llevado a algunos críticos a describir el bioregionalismo como una forma de determinismo geográfico. Pero la asociación del bioregionalismo con el determinismo geográfico es descartada por autores como Frenkel (1994). Se sostiene que el bioregionalismo considera que la base natural condiciona a los humanos y sus culturas, pero a su vez el ser humano modifica su entorno (esto se presenta por ejemplo en los textos de Relph, 1981). Existiría un proceso simultáneo de adaptación de la cultura al entorno y de modificación del mismo entorno.

El proceso de adaptación simultáneo mencionado en el párrafo anterior está vinculado con el enfoque posibilista donde el entorno marca ciertos límites y provee recursos, pero en el cual la forma de desarrollo depende en gran medida de la cultura (Alexander 1996).

Alexander sostiene que las bioregiones son un producto de la interacción entre la cultura y la naturaleza y que se encuentran en un proceso de cambio constante. Existe una correspondencia entre la cultura y la naturaleza en la cual ambas se impactan de manera correlativa. En muchas de las culturas modernas parte del vínculo ha sido perdido y la retroalimentación de la naturaleza no es recogida adecuadamente por las instituciones. Dentro de este contexto también cobra sentido el enfoque de la conciencia personal, ya que la dificultad de las instituciones para obtener la retroalimentación adecuada desde la naturaleza se puede deber a la falta de arraigo con el entorno natural (Folke y Berkes 1998). En parte este divorcio entre cultura y naturaleza se encuentra vinculado a los procesos industriales y de comercio internacional, donde el consumidor está física y vivencialmente alejado de las materias primas y los procesos de producción.

El bioregionalismo brindaría entonces una oportunidad para un regreso a la naturaleza. Desde ese espíritu algunos bioregionalistas sostienen que cada bioregión debe producir todo lo necesario para mantener su población, llegando a una especie de autarquía ecológica y productiva. Pero esta postura ha arrastrado a algunos a proponer extremos que se alejan del bioregionalismo propuesto por Berg. Un claro ejemplo lo ofrece el Great River Herat Institute (s/f): “Vivir bioregionalmente no significa que el habitante del norte jamás volverá a comer bananas, uvas o kiwis, o incluso lechugas y tomates en invierno. La visión bioregional incluye invernaderos locales con calefacción solar en los cuales tales alimentos de latitudes mas calidas puedan ser cultivados…. El bioregionalismo no implica austeridad extrema o limitar severamente las opciones. El bioregionalismo trata de asegurar que las opciones que se toman refuercen la ecología, economía y cultura local en lugar de destruirlas”. Mas allá de que proponen invernaderos de tipo solar, es evidente que esas posiciones extremas llevarían a procesos productivos de alto impacto ambiental dentro de cada bioregión.

También se ha insistido que dentro del concepto de bioregionalismo es clave lograr un arraigo al lugar de residencia para reconectar a la gente con la naturaleza. Por lo tanto la idea de plantar bananas en invernaderos en EE.UU. y Canadá para consumo local parece divorciar aun más al agricultor de su entorno natural, ya que deberá modificarlo drásticamente para conseguir esos productos. Es además una idea que no considera los impactos ambientales, el costo energético y la artificialización. Esto demuestra que es peligroso llevar al bioregionalismo a un extremo de una autosuficiencia de la autarquía.

Bioregionalismo y regionalismos en América Latina

En América Latina ha surgido un nuevo interés por los estudios regionales desde las más diversas disciplinas. Entre ellas se destaca la gran atención que reciben los acuerdos de “integración regional”, como la Comunidad Andina de Naciones (CAN) o el Mercado Común del Sur (MERCOSUR). En los análisis del equipo de CLAES para incorporar el desarrollo sostenible a esos procesos de integración regional ha surgido el concepto de “regionalismo autónomo”. Esta idea se basa en varios aspectos económicos, sociales y ecológicos, y varios de ellos están en consonancia con el bioregionalismo, como el imperativo por la conservación y la calidad ambiental, y las relaciones humanas y culturales en regiones geográficas determinadas por atributos tanto ecológicos como culturales, económicos y políticos. En el “regionalismo autónomo” se agrega una visión del desarrollo donde las diferentes regiones no están consideradas en forma aisladas, sino relacionadas y complementadas entre ellas. Por lo tanto la complementariedad ecológica y la articulación productiva entre bioregiones pasa a cobrar un papel fundamental.

En esta perspectiva, las bioregiones se definen como “espacios geográficos donde existen caracteres homogéneos desde el punto de vista ecológico, con fuertes vinculaciones entre las poblaciones humanas, y complementariedades y similitudes en los usos humanos que se hacen de esos ecosistemas” (Gudynas 2002).

La complementariedad ecológica y productiva busca tomar provecho de las condiciones naturales de cada región para la producción; en otras palabras, aplicar procesos productivos con los menores impactos ambientales. Como ejemplos, bajo este concepto los productos forestales no provendrían de zonas de praderas, y la producción de carne no se realizaría en zonas de selva tropical. En esa línea, cada una de las bioregiones tiene ciertas aptitudes productivas que resultan de los mejores balances frente a los impactos ambientales.

La complementariedad ecológica y productiva requiere de la existencia de comercio entre distintas bioregiones. Este comercio implica que los habitantes de una bioregion consuman productos de otras bioregiones. Sin embargo, lejos de aislar al consumidor del origen de sus productos, se concientiza al consumidor acerca de las limitaciones productivas dentro de su propia bioregión. Al decir de Berg (2002), “armonizar con los sistemas naturales de cada bioregión es un paso necesario hacia la preservación de la biosfera en su conjunto”. Incluso entre los pueblos nativos, que en reiteradas ocasiones son tomados por los bioregionalistas como ejemplo de convivencia con el entorno natural, existía una compleja red de comercio de productos de cada región.

La importancia dada por el bioregionalismo a la agricultura orgánica, permacultura y mantenimiento de producciones de pequeña escala se mantiene bajo el concepto de “regionalismo autónomo”. El mismo se basa en aprovechar las ventajas naturales comparativas de cada región, y ello no necesariamente requiere un manejo mecanicista e industrial de al agricultura.

En muchos aspectos el bioregionalismo en el norte trabaja a escalas locales, dentro de los consejos vecinales o para conservar pequeños cursos de agua por ejemplo. Este trabajo es importante y debe continuar, y en el caso Latinoamericano debería ser incorporado a los procesos de integración regional. Al conjugar instancias integracionistas al bioregionalismo se logra integrar aun más las semejanzas culturales existentes entre bioregiones, y se rescata a esa perspectiva de las tentaciones del aislacionismo al que lo lleva la idea de autarquía.

Un movimiento social

El bioregionalismo se mantiene como un movimiento sumamente heterogéneo. Algunos de sus defensores vienen de las cátedras universitarias, otros son militantes ciudadanos. Sus posturas son muy diversas, desde panteístas y animistas, interesados en rescatar la religiosidad de varias culturas indígenas, a expresiones contemporáneas como aquellas propias de la “new age”, y hasta diversas posturas políticas.

A pesar de la heterogeneidad propia del movimiento bioregional, Aberley (1999) logra destacar algunos elementos comunes a las distintas vertientes del movimiento bioregional:

• Existencia de una crisis social y ambiental, cuyas raíces se encuentran en el capitalismo y su de progreso.

• La sustentabilidad esta ligada a la descentralización y se logra mas fácilmente si el proceso de descentralización se basa en el concepto de bioregión.

• Las culturas basadas en la bioregión son respetuosas del pasado y respetan las raíces culturales y ceremoniales vinculados a la región.

• La gobernanza bioregional es democrática y participativa, y se encuentra dentro de una intrincada red de conexiones continentales y globales para asociarse con gobiernos e intereses económicos y culturales de otras bioregiones.

• Se intenta reforzar la dependencia de bienes obtenidos de forma local y con el uso de tecnología apropiada.

Desde aquellos inicios de Berg y Dasmann el bioregionalismo se ha mantenido como un concepto discutido y utilizado principalmente en Norte América. Frenkel (1994) lo describe como un movimiento ecológico contemporáneo, norteamericano, y dedicado al desarrollo de las comunidades.

Hasta ahora, la visión bioregional ha tenido una difusión limitada en América Latina. Prueba de ello es la escasa literatura en castellano dedicada al concepto de bioregión. Pero es necesario participar de ese debate. En efecto, si las bioregiones son un concepto en constante cambio, se llega así a una visión más “moderna” dentro de la cual pueden insertarse nuevos conceptos latinoamericanos tales como el “regionalismo autónomo”, y muchos otros. En especial es necesario rescatar muchas prácticas y estudios que se están realizando en el continente, y que sin duda se refieren a cuestiones de bioregionalismo aunque no utilicen ese término (incluyendo algunos aportes en estudios regionales, desarrollo local, planificación regional, etc.).

 

Bibliografía

Aberley, Doug 1999. Interpreting Bioregionalism: A story from many voices. In McGinnis (ed.) 1999 Bioregionalism, London, Routledge.

Alexander, Don 1996. Bioregionalism; The need for a firmer theoretical foundation. In: The Trumpeter (http://trumpeter.athabascau.ca/content/v13.3/alexander.html).

Berg, Peter 2002. Bioregionalism (Defined and updated 2002). Sitio web: http://www.diggers.org/freecitynews/_disc1/00000017.htm

Berkes, F and Folke, C 1998. Linking social and ecological systems: management and practices and social mechanisms. Cambridge University Press.

Frenkel, Stephen 1994. Old Theories in New Places? Environmental Determinism and Bioregionalism. In: Professional Geographer, 46 (3): 289-295.

Great River Herat Institute (s/f). Bioregionalism. En: http://www.greatriv.org/bioreg.htm

Gudynas, Eduardo 2002. El concepto de Regionalismo Autónomo y el desarrollo sustentable en el Cono Sur. En: Gudynas, E. (Compilador), Regionalismo en el Cono Sur, Montevideo, Coscoroba Ediciones.

McGinnis, Michael Vincent (ed.)1999. Bioregionalism, London, Routledge.

Relph, E. 1981. Rational Landscapes and Humanistic Geography. Totowa, NJ: Barnes and Noble.

Taylor, Bron 2000. Bioregionalism: An Ethics of Loyalty to Place. In: Landscape Journal 19 (1-2): 50-72.

 
 

D. Martino es geógrafo y analista en CLAES (Centro Latino Americano de Ecología Social). Publicado el 27 de diciembre de 2005. Se permite la reproducción siempre que se mencione la fuente.

 

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